Detrás de la cámara está Jung Byung-gil, el director de The Villainess, una película que ya había demostrado su enorme talento para concebir secuencias de acción técnicamente complejas y buscar movimientos de cámara imposibles. En Carter lleva esa filosofía hasta sus últimas consecuencias: prácticamente toda la película pretende transmitir la sensación de estar rodada en un gigantesco plano secuencia.
Y precisamente ahí está el problema.
En The Villainess existía un equilibrio mucho mayor entre virtuosismo técnico, fisicidad y espectáculo. Aquí Jung Byung-gil parece empeñado en superar constantemente la locura de la escena anterior. La cámara vuela, gira, atraviesa espacios imposibles, se introduce entre vehículos y personajes y encadena peleas, persecuciones, disparos y explosiones hasta terminar provocando agotamiento.
Las costuras del falso plano secuencia, además, son demasiado evidentes. Hay multitud de transiciones digitales, CGI de calidad muy irregular y trucos de montaje que terminan consiguiendo precisamente lo contrario de lo pretendido: en lugar de aumentar la inmersión, recuerdan constantemente que estamos contemplando un enorme ejercicio técnico.
Esto resulta especialmente frustrante porque detrás de semejante despliegue existe un enorme trabajo de especialistas y del equipo de acción coreano. Jung Byung-gil procede precisamente del cine de acción y ya había demostrado tanto en Confession of Murder como, especialmente, en The Villainess su obsesión por encontrar nuevas maneras de colocar la cámara dentro de las coreografías. El problema no es la falta de talento, sino la absoluta ausencia de contención.
Y el guion tampoco ayuda. Personajes esquemáticos, explicaciones interminables, giros constantes y una trama progresivamente más absurda convierten la narración en una simple excusa para conectar una set piece con la siguiente.
La mejor escena de lucha:
Me quedo precisamente con la primera gran pelea en los baños.
Antes de que la película entre definitivamente en el terreno del exceso absoluto, encontramos aquí una secuencia brutal, física y tremendamente enérgica. El espacio reducido permite que los golpes tengan peso y que la cámara todavía esté al servicio de los especialistas y de la coreografía, en lugar de convertirse ella misma en la protagonista.
Paradójicamente, cuanto más intenta superarla posteriormente la película, menos efectiva resulta.
Resumen:
Carter tiene talento, ambición y una cantidad demencial de trabajo detrás de sus escenas de acción. El problema es que no sabe cuándo parar.
Demasiado CGI, demasiados movimientos imposibles, demasiadas trampas para mantener la ilusión del plano secuencia, demasiada acción y, sobre todo, demasiado artificio.
Jung Byung-gil ya había demostrado con The Villainess que podía revolucionar visualmente una secuencia de acción. Aquí intenta revolucionar prácticamente cada minuto de película y termina demostrando una de las reglas fundamentales del género:
La acción también necesita respirar.
Espectacular por momentos, agotadora durante demasiados otros y muy lejos del magnífico equilibrio alcanzado por The Villainess.
Nivel de hostias: 🥊🥊
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