No encuentro mejor califica
tivo para esta genial película de Shinya Tsukamoto, un cineasta con mayúsculas, poseedor de una personalidad aplastante y un estilo absolutamente único.
Tras las dos excelentes entregas de Tetsuo, Tsukamoto realizó con Tokyo Fist toda una declaración de principios. Lejos de abandonar el espíritu vanguardista y cyberpunk de sus obras anteriores, continúa buscando una nueva forma de expresión cinematográfica, sustituyendo parcialmente el metal y la transformación física de Tetsuo por la carne, los puños y el boxeo.
Volvemos a encontrarnos con una música industrial atronadora que acompaña magistralmente cada golpe, mientras la cámara, el montaje frenético y una fotografía oscura y agresiva convierten la propia película en una experiencia casi física.
Tsukamoto retrata nuevamente un Tokio solitario, brutal y deshumanizado, habitado por personajes alienados incapaces de comunicarse entre sí salvo mediante la violencia. Una relación sentimental en descomposición y la aparición de un elemento discordante empujan a sus protagonistas hacia un universo cada vez más sórdido y autodestructivo.
En cierto modo, es una variación de algunos de los temas de Tetsuo, pero desarrollados aquí con todavía mayor coherencia y profundidad.
La mejor escena de lucha:
Más que una pelea concreta, destacaría los brutales enfrentamientos de boxeo del tramo final. Tsukamoto no pretende mostrar un combate limpio ni deportivo: los golpes, la sangre, el montaje y la música convierten la violencia en una explosión física y emocional.
Resumen:
Tokyo Fist es tan brillante en su concepto como en su forma.
Violenta, experimental, enfermiza y visualmente arrolladora, es una de las películas japonesas más apasionantes de los noventa y una evolución fascinante de las obsesiones que Tsukamoto había iniciado con Tetsuo.
Imprescindible para quienes busquen un cine diferente, agresivo y sin concesiones.
Nivel de hostias: 🥊🥊🥊🥊🥊
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