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lunes, 24 de agosto de 2026

Crítica de Carter (Corea del Sur, 2022) de Jung Byung-gil

Carter demuestra perfectamente que en el cine de acción más no siempre significa mejor. Especialmente cuando todo ese despliegue está construido alrededor de un guion absolutamente horrendo.

Detrás de la cámara está Jung Byung-gil, el director de The Villainess, una película que ya había demostrado su enorme talento para concebir secuencias de acción técnicamente complejas y buscar movimientos de cámara imposibles. En Carter lleva esa filosofía hasta sus últimas consecuencias: prácticamente toda la película pretende transmitir la sensación de estar rodada en un gigantesco plano secuencia.

Y precisamente ahí está el problema.

En The Villainess existía un equilibrio mucho mayor entre virtuosismo técnico, fisicidad y espectáculo. Aquí Jung Byung-gil parece empeñado en superar constantemente la locura de la escena anterior. La cámara vuela, gira, atraviesa espacios imposibles, se introduce entre vehículos y personajes y encadena peleas, persecuciones, disparos y explosiones hasta terminar provocando agotamiento.

Las costuras del falso plano secuencia, además, son demasiado evidentes. Hay multitud de transiciones digitales, CGI de calidad muy irregular y trucos de montaje que terminan consiguiendo precisamente lo contrario de lo pretendido: en lugar de aumentar la inmersión, recuerdan constantemente que estamos contemplando un enorme ejercicio técnico.

Esto resulta especialmente frustrante porque detrás de semejante despliegue existe un enorme trabajo de especialistas y del equipo de acción coreano. Jung Byung-gil procede precisamente del cine de acción y ya había demostrado tanto en Confession of Murder como, especialmente, en The Villainess su obsesión por encontrar nuevas maneras de colocar la cámara dentro de las coreografías. El problema no es la falta de talento, sino la absoluta ausencia de contención.

Y el guion tampoco ayuda. Personajes esquemáticos, explicaciones interminables, giros constantes y una trama progresivamente más absurda convierten la narración en una simple excusa para conectar una set piece con la siguiente.


La mejor escena de lucha:

Me quedo precisamente con la primera gran pelea en los baños.

Antes de que la película entre definitivamente en el terreno del exceso absoluto, encontramos aquí una secuencia brutal, física y tremendamente enérgica. El espacio reducido permite que los golpes tengan peso y que la cámara todavía esté al servicio de los especialistas y de la coreografía, en lugar de convertirse ella misma en la protagonista.

Paradójicamente, cuanto más intenta superarla posteriormente la película, menos efectiva resulta.


Resumen:

Carter tiene talento, ambición y una cantidad demencial de trabajo detrás de sus escenas de acción. El problema es que no sabe cuándo parar.

Demasiado CGI, demasiados movimientos imposibles, demasiadas trampas para mantener la ilusión del plano secuencia, demasiada acción y, sobre todo, demasiado artificio.

Jung Byung-gil ya había demostrado con The Villainess que podía revolucionar visualmente una secuencia de acción. Aquí intenta revolucionar prácticamente cada minuto de película y termina demostrando una de las reglas fundamentales del género:

La acción también necesita respirar.

Espectacular por momentos, agotadora durante demasiados otros y muy lejos del magnífico equilibrio alcanzado por The Villainess.


Nivel de hostias: 🥊🥊

sábado, 22 de agosto de 2026

Crítica de La Villana (Corea del Sur, 2017) de Jung Byung-gil, con Shin Ha-kyun

Después de revolucionar el cine de acción en la pasada década, películas como The Raid y John Wick elevaron el listón de una forma parecida a lo que en su día hicieron Terminator 2 o Matrix.

Y sinceramente, uno de los siguientes grandes pasos en cuanto a puesta en escena de la acción fue La Villana.

Todavía resulta casi increíble contemplar algunas de sus secuencias y preguntarse cómo demonios consiguieron rodar algo tan salvaje. El director Jung Byung-gil utiliza cámaras subjetivas, planos imposibles, transiciones invisibles, rigs móviles y una planificación extremadamente ingeniosa para dar la sensación de que la cámara atraviesa la acción en lugar de limitarse a observarla.

El arranque en primera persona es el ejemplo más evidente. Durante varios minutos, la película adopta una perspectiva casi de videojuego y encadena cuchillos, disparos, pasillos, escaleras y combates cuerpo a cuerpo con una energía descomunal. La cámara parece flotar, girar y saltar entre los personajes, combinando diferentes recursos técnicos para crear una continuidad prácticamente imposible.

También hay uso de cámaras montadas en vehículos y dispositivos móviles para lograr movimientos que en una producción convencional serían muy difíciles de ejecutar. Esa búsqueda constante de nuevas formas de colocar la cámara es una de las grandes virtudes de la película.

La historia tiene algunos puntos flacos y el reparto simplemente cumple con la excepción de un siempre brillante Shin Ha-kyun en el papel antagonista, pero cuando empieza la acción todo eso queda en un segundo plano.


La mejor escena de lucha:

Sin duda, el espectacular prólogo en primera persona.

Es una auténtica declaración de intenciones y una de las secuencias de acción más innovadoras de los últimos años. Violenta, vertiginosa y técnicamente deslumbrante.


Resumen:

La Villana no es una película perfecta, pero en términos de acción posee momentos absolutamente extraordinarios.

Su capacidad para integrar cámaras subjetivas, movimientos imposibles y coreografías salvajes la convierten en una obra fundamental dentro de la evolución reciente del género.

El argumento puede flaquear, pero las mejores escenas dejan literalmente con la boca abierta.


Nivel de hostias: 🥊🥊🥊🥊