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lunes, 24 de agosto de 2026

Crítica de Sword in the Moon: Misión de Asesinos (Corea del Sur, 2003) de Kim Eui-suk

Sword in the Moon, también conocida como Misión de Asesinos, es una película de época coreana visualmente espectacular, con un magnífico diseño de vestuario, una excelente banda sonora y abundantes combates con espada bastante sangrientos y bien ejecutados.

La puesta en escena es, sin duda, uno de sus mayores atractivos. La fotografía, los decorados y el trabajo artístico consiguen construir un mundo de época muy convincente, con una estética elegante que por momentos recuerda a otras producciones asiáticas de principios de los 2000 como Bichunmoo.

También merece una mención especial el trabajo de Won Jin, reputado director de acción, actor y maestro de artes marciales, encargado aquí de las coreografías. Sus combates con espada son rápidos, precisos y bastante físicos, con algunos momentos especialmente vistosos que elevan considerablemente el conjunto.

El problema está en la narración. La historia resulta demasiado confusa, algunos personajes no están suficientemente desarrollados y el tramo final no termina de ofrecer la satisfacción que prometía el desarrollo previo.

Es una lástima, porque había material de sobra para construir una película mucho más redonda.

También resulta curioso que Kim Eui-suk, pese al buen acabado técnico de la cinta, no volviera a dirigir después de este trabajo.


La mejor escena de lucha:

Me quedo con los grandes enfrentamientos de espada del tramo final, donde el trabajo de Won Jin alcanza su mejor nivel.

Las coreografías son limpias, rápidas y muy vistosas, con un estilo que puede recordar por momentos a Bichunmoo, aunque con algo más de crudeza y sangre.


Resumen:

Sword in the Moon es una película visualmente muy atractiva y con buenas escenas de acción, pero claramente lastrada por una narración confusa y un desenlace poco satisfactorio.

Aun así, se deja ver con facilidad y resulta especialmente recomendable para los aficionados al cine de época coreano y a los duelos con espada.


Nivel de hostias: 🥊🥊🥊

sábado, 22 de agosto de 2026

Crítica de Battlefield Baseball (Japón, 2003) con Tak Sakaguchi

Tras convertirse en una auténtica estrella de culto gracias a Versus y a sus colaboraciones con Ryuhei Kitamura, Tak Sakaguchi protagonizó esta absoluta locura titulada Battlefield Baseball.

Realizada con un presupuesto paupérrimo, la película compensa sus enormes limitaciones económicas con imaginación, desvergüenza y unas ganas tremendas de hacer el cafre. Aquí cabe absolutamente de todo: cine deportivo, artes marciales, gore, comedia absurda e incluso musical, en una mezcla imposible que sólo podía surgir del Japón de principios de los 2000.

Tak Sakaguchi vuelve a ser el principal atractivo. Quizá nunca haya sido un actor especialmente sutil, pero su enorme presencia física, su peculiar carisma y sus auténticas capacidades marciales hacen que resulte imposible apartar los ojos de él cuando entra en acción. Es exactamente esa personalidad que ya había explotado Kitamura en Versus, llevada aquí hacia terrenos todavía más delirantes.

La película es tremendamente irregular y algunos gags funcionan bastante mejor que otros, pero nunca deja de sorprender. El gore es barato, los efectos descaradamente cutres y todo desprende un aroma de serie B absoluta que, lejos de perjudicarla, forma parte esencial de su encanto.

Y cuando parece que ya no puede volverse más absurda, llega un tramo final completamente demencial.


La mejor escena de lucha:

El enfrentamiento de Sakaguchi contra la madre de Cuatro Ojos dentro de la casa.

Es probablemente el momento donde mejor se aprovechan sus capacidades marciales, con un espacio reducido que permite construir una pelea mucho más física y elaborada que el resto de la acción.


Resumen:

Battlefield Baseball es una auténtica frikada japonesa de principios de los 2000: barata, irregular, sangrienta y completamente desquiciada.

Pero también tiene ideas brillantes, Tak Sakaguchi está pletórico y consigue divertir hasta su delirante desenlace.

Sólo para espectadores dispuestos a aceptar la locura. Para ellos, muy recomendable.


Nivel de hostias: 🥊🥊🥊

Crítica de Aragami (Japón, 2003) de Ryuhei Kitamura

Ryuhei Kitamura firmó con Aragami una de sus mejores películas junto con Azumi y Versus, de la cual esta película podría ser considerada un especie de secuela encubierta. Los que hayáis visto las dos cintas seguro que estáis de acuerdo. 

Pero Aragami es mucho menos punk que aquélla y se apoya ante todo en cuestiones filosóficas, referencias a Miyamoto Musashi y elementos de la mitología y las leyendas rurales japonesas, todo ello acompañado por una pausada banda sonora de trip-hop que contribuye a crear una atmósfera muy particular.

El ritmo es deliberadamente lento y buena parte del metraje se desarrolla a través de conversaciones, pero cuando la acción hace acto de presencia vuelve a aparecer el Kitamura más inspirado.

Muy pocos directores saben filmar una lucha con espadas con tanta energía y sentido del espectáculo. Las coreografías son precisas, elegantes y tremendamente vistosas, aprovechando muy bien el espacio y la fuerza visual de cada movimiento.


La mejor escena de lucha:

El enfrentamiento final es sencillamente magnífico. Kitamura convierte el duelo en una exhibición de estilo, ritmo y puesta en escena, con momentos capaces de poner los pelos de punta a cualquier aficionado al chambara.

Es uno de esos combates donde la forma de rodar resulta tan importante como la propia coreografía, que vuelve a estar a cargo del gran Yuji Shimomura, que también participó en Versus y que hoy en día es uno de los coreógrafos japoneses más respetados, maestro de figuras actuales tan importantes como Kensuke Sonomura, que recientemente ha diseñado las peleas de la magistral The Furious.


Resumen:

Aragami no es probablemente la película más accesible de Kitamura debido a su ritmo pausado y su abundancia de diálogo, pero recompensa de sobra a quien entre en su propuesta. Fantástica, filosófica, atmosférica y con unas peleas de katana extraordinarias.

Si te gusta el cine fantástico japonés y el chambara, es una película que no deberías dejar pasar.


Nivel de hostias: 🥊🥊🥊🥊

Crítica de Azumi (Japón, 2003) de Ryuhei Kitamura

Espectacular cinta japonesa de lucha con katanas, visualmente preciosista, magníficamente realizada y técnicamente impecable.

Ryuhei Kitamura, director del película de culto Versus, demuestra una vez más su enorme talento para la acción, dotando a los combates de un estilo frenético y casi videojueguil, con un sentido del espectáculo tremendo. Movimientos de cámara imposibles, enemigos que aparecen por todas partes, espadazos y litros de sangre convierten las mejores secuencias en un auténtico festival para los amantes del chambara.

Aya Ueto funciona además estupendamente como Azumi, una joven asesina entrenada desde niña que debe enfrentarse constantemente al conflicto entre aquello para lo que ha sido educada y sus propios sentimientos.

El problema está en que Kitamura intenta ocasionalmente aportar una profundidad dramática que la película realmente no necesita. Algunas conversaciones se prolongan demasiado y ralentizan considerablemente un desarrollo cuyo principal atractivo está precisamente en la acción. El argumento es sencillo y perfectamente funcional, por lo que habría agradecido una narración algo más directa.


La mejor escena de lucha:

El monumental enfrentamiento del tramo final es sencillamente impresionante. Azumi se abre paso entre una auténtica multitud de enemigos en una larguísima secuencia repleta de espadazos, sangre y movimientos de cámara espectaculares.

El coordinador de acción Hirofumi Itagaki lo dio todo en este sprint final y Kitamura convierte el combate en puro espectáculo visual y demuestra por qué es (o fue...) uno de los directores japoneses más interesantes a la hora de rodar acción, pasando en este caso a un presupuesto mucho más elevado que en sus películas anteriores sin perder ni un ápice de su intensidad. 


Resumen:

Azumi tiene algunos problemas de ritmo y ciertos diálogos innecesariamente largos, pero cuando empieza la acción resulta difícil ponerle demasiadas pegas.

Visualmente magnífica, sangrienta, frenética y con un tramo final memorable.

Imprescindible para aficionados al cine japonés y, especialmente, para quienes disfruten del chambara.


Nivel de hostias: 🥊🥊🥊🥊

OldBoy (Corea del Sur, 2003) de Park Chan-wook, con Choi Min-sik

Podría decir que Shiri, Nowhere to Hide y La Isla fueron mi puerta de entrada al cine surcoreano. Pero fue OldBoy la película que realmente me abrió los ojos y me hizo comprender que en aquel país estaba surgiendo algo extraordinario en términos de calidad cinematográfica.

Todavía recuerdo salir del cine pensando que nunca había visto algo tan visceral, tan extraño y, al mismo tiempo, tan auténtico. Park Chan-wook construye una película brutal, enfermiza y profundamente íntima, pero rodada con una personalidad visual arrolladora.

OldBoy funciona como thriller de venganza, drama psicológico y tragedia retorcida, mezclando violencia, humor negro y estilización sin que ninguna de esas piezas termine rompiendo el conjunto. Choi Min-sik ofrece además una interpretación descomunal, física y emocionalmente agotadora.


La mejor escena de lucha:

La pelea del pasillo es ya historia del cine. Un plano lateral aparentemente sencillo, multitud de enemigos y un protagonista agotado que continúa avanzando a base de golpes, martillazos y pura obstinación.

No es una coreografía marcial perfecta ni pretende serlo. Precisamente funciona porque transmite cansancio, dolor y desesperación de una forma casi física.


Resumen:

OldBoy no es simplemente una gran película coreana ni un excelente thriller de venganza. Es una experiencia difícil de olvidar y uno de los grandes hitos del cine moderno.

Violenta, enfermiza, artística y profundamente humana, confirmó que el cine surcoreano había llegado para quedarse.

Para mí, una obra maestra absoluta.


Nivel de hostias: 🥊🥊🥊🥊🥊