Riki-Oh: The Story of Ricky abraza sin ningún tipo de complejo su origen de cómic y nos ofrece una auténtica ensalada de artes marciales, personajes imposibles, violencia hiperbólica y cantidades industriales de sangre y vísceras.
La historia transcurre principalmente dentro de una prisión convertida prácticamente en un universo fantástico, poblado por guardianes sádicos, luchadores grotescos y villanos que parecen haber escapado directamente de las páginas de un manga.
El presupuesto resulta evidentemente limitado, pero curiosamente termina jugando a favor de la película. Los efectos artesanales, las mutilaciones exageradas y ese aspecto de serie B absoluta le proporcionan un encanto que probablemente se habría perdido con una producción mucho más pulida.
Y cuando empiezan las hostias, la película alcanza otra dimensión. Las artes marciales se mezclan con un gore completamente demencial: cabezas aplastadas, cuerpos destrozados y litros de sangre acompañan unas peleas planteadas siempre buscando el momento más épico y exagerado posible.
La mejor escena de lucha:
Resulta difícil quedarse con una sola, pero el enfrentamiento de Ricky contra los responsables de la prisión resume perfectamente el espíritu de la película.
Más que buscar realismo, las peleas funcionan como auténticas viñetas de cómic en movimiento, con golpes imposibles y destrucción corporal llevada hasta extremos delirantes.
Resumen:
Riki-Oh es una barbaridad maravillosa.
Violenta, divertida, absurda y orgullosamente cutre, consigue convertir sus limitaciones presupuestarias en parte de su personalidad y ofrece una mezcla prácticamente irrepetible de kung-fu y gore extremo.
Un clásico absoluto del cine de culto y una película imprescindible para cualquier amante de la casquería cinematográfica.
Nivel de hostias: 🥊🥊🥊🥊